miércoles, 15 de octubre de 2008

El fin de una época

La crisis económica mundial llegó al corazón del sistema financiero del planeta. Lo que empezó como un estallido de la burbuja inmobiliaria es una metástasis que se extiende a otras economías.
No es una crisis más: colapsó la etapa imperialista dominada por el capital financiero. El rescate de Bush traerá más concentración económica y van a intentar que la crisis la paguen los trabajadores y los pueblos del mundo. El capitalismo no va más.

La economía estadounidense, la más grande del mundo, está en terapia intensiva. Intentaron ocultarlo hasta septiembre, mes en que Bush reconoció el riesgo de una recesión de gran alcance. Esto sucederá de diferentes maneras y los efectos se verán en proporciones distintas, pero no hay país que pueda escapar a las consecuencias de esta crisis.

De crisis crónica a aguda


Desde fines de los 60, mediados de los 70, las crisis financieras y económicas se reprodujeron a un ritmo de tres, cuatro, cinco años. La economía mundial vivió en crisis crónica con recuperaciones cada vez más cortas y crisis cada vez más profundas y duraderas.
Esto no fue superado por la caída de la ex URSS y los regímenes estalinistas de Europa del Este ni por el proceso de restauración capitalista en China. La contraofensiva ideológica, económica y militar desatada con la caída del estalinismo, el discurso del fin de la historia, las invasiones y agresiones militares desarrolladas con métodos ge-nocidas y el neolibe-ralismo económico, no fueron suficientes para detener el curso de crisis crónicas frente a la reacción de las masas. Los modelos que supuestamente había que copiar provocaron, entre otras, la crisis de la deuda del `82, el efecto tequila del `95, la caída de los tigres asiáticos del `98, la recesión japonesa por más de 10 años, las crisis inmobiliarias en el lejano oriente, y otras más recientes, como el estallido de la burbuja punto com del 2003. Luego de fracasar el discurso de la estabilidad y el desarrollo pacífico ilimitado del imperialismo, se empezó a construir el mito de que EE.UU. y China se habían convertido en las locomotoras de la economía mundial. La crisis que estamos atravesando está dando al traste también con ese discurso.


No es una crisis más

Después de sostener que la economía estadounidense aterrizaría suavemente, los especialistas coinciden, frente a los hechos consumados, que este tipo de crisis se da una vez por siglo.
El reconocimiento de Bush de la inminencia de un proceso recesivo en curso si no se aprueba por parte del Congreso norteamericano el mega salvataje para los bancos y aseguradoras, no tuerce la certeza que esos 700.000 millones de dólares irán a parar a un barril sin fondo.
No aparece una nueva burbuja que actúe como palanca especulativa salvadora, para remplazar a la de las hipotecas que estalló el año pasado y que desembocó en esta hecatombe.
Para recuperar el nivel de inversiones y el funcionamiento de las bolsas y los bancos, el imperialismo intentará empujar a los sectores más humildes de todo el globo a hacer un esfuerzo supremo. El previsible fracaso del salvataje de los principales bancos mundiales anuncia la posibilidad del colapso de todo el sistema financiero internacional. La recesión, por una brusca reducción del consumo en EE.UU. y en el conjunto de los países imperialistas y el mundo todo, hace necesaria, desde la lógica capitalista, una destrucción de capital y de fuerzas productivas de una magnitud enorme para que el sistema encuentre un piso desde el cual rebotar. Si como señaló Trotsky, parafraseando a Marx, todas las crisis son, en sí mismas, una catástrofe, esta lo es particularmente.
Ni siquiera la llamada «locomotora China» podrá arrastrar sola a la economía mundial. Y si lo intenta, lo más probable es que se vea abatida por el peso del derrumbe de la economía norteamericana. Fundamentalmente porque la economía mundial es una sola y los niveles de interdependencia son altísimos.
Esta crisis es histórica. Por más grande que sea la inversión que realicen los bancos centrales de los países imperialistas, por más que intenten socializar las pérdidas y hacerles pagar la crisis a las masas de sus países y el mundo, se encontrarán con una resistencia feroz que ya no tiene los chalecos políticos del pasado. La profundidad de la crisis, la respuesta del movimiento de masas al nivel de miseria al que los capitalistas consideran necesario llevarlas, hará que esta sea más profunda, que se prolongue más tiempo y que sus recuperaciones episódicas sean cada vez más cortas y más aparentes que reales. Entramos en un periodo de convulsiones y terremotos sociales, económicos y políticos que superarán la fuerza de los últimos huracanes del Caribe. Lo que ha colapsado es la esencia misma de esta etapa del desarrollo capitalista, la etapa imperialista, la etapa en la que domina el capital financiero.
El preludio de esta crisis fue la derrota del neoliberalismo, expresada en la bancarrota final de la arquitectura financiera del mundo de post-guerra. La muerte de los acuerdos de Breton Woods, la agonía del FMI, del Banco Mundial, del Banco Internacional de Desarrollo, etc., dejó sin capacidad de reacción a los países centrales. Cayeron los viejos pilares y no hay otros nuevos.

La especulación financiera: una fábrica de capital que no existe

¿Qué significan los 300 mil millones o 500 mil millones o un trillón de dólares que propone Bush para el salvataje de los bancos?¿Cuál es el valor (en términos vulgares) real que tienen esas cantidades? ¿Es eso lo que representan las hipotecas basura que han inundado el mundo? Y si fuera así, ¿Por qué el gobierno de EE.UU. no pone ese dinero para pagar las hipotecas de una buena vez y solucionar la crisis, haciendo un plan de pago posible para los deudores? ¿Por qué, entonces, ese dinero se destina a pagar papeles sin ningún valor en el mercado y mientras tanto millones de personas pueden quedar, de hecho están quedando, sin vivienda, habitando nuevas «ciudades carpa» en EE.UU., preparando un estallido social sin precedentes en la historia?
Más allá de cuál sea el número de hipotecas basura involucradas en el origen de esta crisis, no es posible que los compradores de un millón de viviendas, a un precio de un millón de dólares cada una, no hayan pagado nada por ellas. Por lo tanto, hay algo en el medio, entre las hipotecas y la inversión, que hace que Bush decida “salvar” bancos que no tienen que ver con el precio de adquisición de las viviendas ni con las hipotecas. Más bien, la política de rescate de Bush apuntala, fundamentalmente, una nueva concentración de la economía mundial en menos manos que las actuales.
El mecanismo de vender y volver a vender esas hipotecas en una espiral ascendente entre bancos e inversionistas privados, hace que el pago de los intereses produzca para esos bancos e inversores una ganancia adicional que se eleva por encima del precio de las viviendas que originaron las hipotecas. Esa diferencia entre el precio de la vivienda y el precio que en el mercado financiero llegaron a tener los títulos de propiedad de las mismas, o sea el papel que se supone representa la propiedad de esa vivienda, no tiene ningún sustento, no tiene apoyo en un valor real. Pero para quienes controlan los hilos del gran capital representa una ganancia que se espera obtener, esta es la base de la especulación. Cuando se constata que la especulación se convierte en una gran estafa mundial, allí es cuando se produce la corrida, todos los que poseen esos papeles quieren deshacerse de ellos. Para que esto no ocurra, los bancos aumentan los intereses, trasladándoles ese costo a los deudores que ya no pueden pagar y los papeles vuelven a perder valor. Este circuito es el que demuestra que se estuvo especulando con un capital sin base real, que no existía, ficticio, o gaseoso, para utilizar términos marxistas.
Al ocurrir esto caen los papeles que representan esas hipotecas y arrastran a todos los títulos o papeles relacionados con los mismos; bancos enteros se derrumban porque ya no pueden convencer de que los productos que ofrecen vayan a generar las ganancias que prometen. Salvar los bancos es invertir en un barril sin fondo que puede lograr una relativa estabilidad en algún momento. La intención del plan del gobierno yanqui es lograr poner a girar nuevamente la rueda de la especulación, ahora alimentada por los fondos públicos que inyecta en el circuito financiero, pero a riesgo de producir una ola histórica de levantamientos y protestas del pueblo estadounidense y otros pueblos del mundo. Una relativa estabilidad que prepara una nueva crisis.

El sistema está agotado

Cuando cae un banco (símbolo del poder y la fortaleza de un sistema) de más de 150 años de existencia en un país central puede ser a consecuencia de un efecto aislado, de una mala administración, de un error en sus inversiones, de una crisis específica. Pero cuando hay un efecto dominó y la caída arrastra una tras otra las entidades financieras más grandes y confiables del país más importante de la tierra, allí es cuando estamos frente a un final de época. Es la manifestación económica y financiera de una crisis que acumula, como una caldera bajo fuego vivo, tremendas contradicciones sociales y políticas a punto de estallar.
¿Quiere decir esto que el capitalismo se autodestruirá? ¿Que esta crisis es la crisis final, la última y que de ella saldrá, solo, por generación espontánea, un modelo nuevo? No. Lo que quiere decir es que el mundo ya no será como era en las últimas dos décadas, aunque las relaciones de producción sigan siendo de tipo capitalista, aunque siga dominando el modelo capital-trabajo.
Es que el fenómeno central que estamos presenciando es el agotamiento del modelo capitalista en su fase senil, imperialista. El capitalismo en esta fase ya no puede hacer otra cosa que vivir de crisis en crisis, en una crisis crónica cada vez más profunda y con recuperaciones cada vez más cortas. Necesitando para esas recuperaciones destruir cada vez más fuerzas productivas, nivel de vida de las masas y hasta el propio planeta.
Se agudiza la urgencia de la lucha por un cambio de régimen social. El principio por el cual aparece como necesidad el cambio de una sociedad agotada por una nueva, de unas relaciones de producción por otras, es el freno del desarrollo de las fuerzas productivas. Esto quiere decir que cuando una sociedad ya no es capaz de mejorar el nivel de vida del pueblo trabajador en su conjunto, cuando ya no puede seguir sosteniéndose sino profundizando las condiciones de degradación, miseria y explotación de las mayorías populares y la destrucción del propio planeta, es entonces cuando aparece la necesidad de cambio, de revolución, de transformación de las viejas relaciones de producción por unas nuevas que permitan cumplir con aquellas necesidades.
Estamos atravesando un final de época. Lo que ocurre no es otra cosa que la incapacidad del capitalismo de reformarse, de ser sustentable. Transitamos la época en que se hace necesaria y posible, y ahora de manera inminente, la lucha por la revolución socialista.

Desde Venezuela
Carlos Miranda