lunes, 7 de abril de 2008

Flor de baile en el gobierno

El paro del campo no sólo ha significado la rebelión agraria más potente de las últimas décadas. Se ha transformado en la crisis política más importante no sólo del gobierno de Cristina, sino de toda la era K. Al ritmo de cortes rurales y cacerolas urbanas, los sectores medios del campo y las grandes ciudades, se sumaron a la bronca contra las reiteradas metidas de mano en el bolsillo. Más inflación, escalada de precios, desabastecimiento, suspensiones y recorte laboral, muestran a todas luces que los problemas estructurales de una Argentina hecha a la medida de los poderosos no han sido solucionados. Desde el gobierno, para reponerse del cachetazo, salieron a agitar el fantasma del golpe de estado. En menos de 20 días, el dibujo de “país serio” que nos quiere hacer creer el gobierno dio paso, sin mediaciones, al verdadero rostro de Cristina, bravucona pero con signos de desgaste. Y evidenció que las energías de cambio que trajo el argentinazo siguen presentes.

Sobre el cierre de esta edición se suspendió por 30 días el paro del campo. Se tomó tal decisión con una masiva “marcha federal” en Gualeguaychú, el punto más combativo de la rebelión, donde confluyeron contingentes provenientes del resto del país. Sobre la base de haber logrado que el gobierno, que se había mostrado intransigente con su medida de aplicar retenciones móviles, ceda y haga una oferta diferencial para los pequeños y medianos productores, los verdaderos actores de esta pelea. Lograron arrancar una propuesta que juzgaron insuficiente. Por ello mantienen una serie de medidas para apuntalar las negociaciones abiertas, porque este gobierno sólo les genera desconfianza.
Se desencadenó una crisis política de proporciones, que tensó la situación nacional y obró de bisagra en la realidad. Los pequeños productores, artífices de esta rebelión salen fortalecidos, ya que lograron un primer triunfo. El gobierno sufrió una derrota. Porque tuvo que reconocer y hacerles una concesión a los pequeños productores a los que había denostado y se jugó a quebrar. Pero además una derrota política porque fracasó en su intento de polarizar y sumar a la población para reventar la rebelión de los chacareros. No sólo hubo sobradas muestras de solidaridad, sino que la gente sumó sus propios reclamos.
El gobierno sale con un fuerte desgaste y un llamado de atención que en boca de la clase media del campo y la ciudad, es expresión de un quiebre mayor con amplias franjas obreras y populares y que demuestra que a Cristina K. le va a resultar difícil implementar los deberes destinados a “normalizar” el país a la medida de los de arriba y el imperialismo.

Separando la paja del trigo


Por más que desde el gobierno se tergiversó la naturaleza de la medida del campo haciéndola aparecer como un lock out de la oligarquía terrateniente, no se pudo ocultar la verdad. El verdadero motor fueron los pequeños productores que, hartos que les metan la mano en el bolsillo y ante un tributo regresivo que a ellos los mandaba a la ruina y sólo significaba una cosquilla para los grandes propietarios harto beneficiados por la política económica de los Kirchner, salieron al paro y a las rutas. Rebasando a sus dirigentes, obligando a las entidades de la oligarquía a no entregarlos en sus roscas con el gobierno y protagonizando más de 400 cortes a lo largo del país, movilizando pueblos postergados en un estado asambleario inédito.
Por más que desde el gobierno se desplegó una monumental campaña para polarizar la sociedad, agitando los fantasmas del golpe de estado y la derecha y movilizando a sus grupos de choque, a la gendarmería y la policía y moviendo el aparato de pejotistas y amigos hacia la Plaza de Mayo, no se logró contrarrestar el mal humor social y la bronca popular. Que repudió el discurso de Cristina y ganó las calles de las grandes ciudades, cacerolas en mano, canalizando la bronca por los impuestazos, tarifazos, inflación y precios por las nubes y un estilo autoritario del matrimonio presidencial al que se le dijo basta. Es una necedad decir que las acciones fueron de la derecha. Si bien un sector acomodado aprovechó la volteada, el grueso de sectores medios (y trabajadores) se volcó a las calles para manifestar su bronca. Más aún, los macri, Carrió y demás fuerzas de “oposición” aunque se montaron de manera oportunista para sacar rédito, no dejaron de pedir a voz de cuello que se levanten los cortes y se negocie para garantizar la “paz social”.
Un saldo positivo. Al proceso de pelea que viene librando el movimiento obrero contra esta fiebre recaudadora de construir superávit fiscal a costa del pueblo, se ha sumado la clase media rural, algo que hace mucho tiempo no sucedía y ha reactivado la participación de la clase media urbana que ya se venía insinuando junto a los trabajadores en diversas movilizaciones barriales, contra los cortes de luz, los tarifazos y los negocios inmobiliarios en la Capital, los cospelazos en Córdoba y Tucumán, etc. Una sumatoria de fuerzas que le complica los planes al gobierno. Y fortalece la pelea que se libra desde el movimiento obrero y popular. Justamente, la política de Cristina K. fue la de dividir, la de evitar este acercamiento de la ciudad con el campo, de los sectores medios con los trabajadores. Por eso los denostó como golpistas y pretendió sembrar una polarización entre los “ricos y gorilas” que cortaban rutas y blandían cacerolas, contra un supuesto pueblo que, no se notó por cierto en la Plaza de Mayo, apoyaba al gobierno “popular”, con la guardia pretoriana de los D´Elía y Cía.

Prematuro desgaste de la Presidenta


El gobierno de los cien días recibió un duro golpe político. Cristina pretendió actuar como lo hacía su marido cuando gobernaba. Se ocultó en El Calafate, mandó a confrontar a Alberto Fernández y al alicaído Lousteu que, dicho sea de paso, es la cuarta vez en tan poco tiempo de gestión que debe desmentir su renuncia. Fracasó. Y debió salir a poner la cara. Recibió un cachetazo popular, nafta sobre el fuego. La Nación fue clara en su análisis: “La revuelta campesina y urbana de los últimos días fue el aviso de que la voluntad social le ha puesto límites definitivos al poder. Cristina Kirchner no podrá, en síntesis, gobernar como gobernó su esposo.”
Por eso Cristina debió reposicionarse, aggiornar sus discursos y empezar a modificar la política tirándole una línea a los pequeños productores a los que había tildado de gorilas y golpistas.
La Nación alerta preocupada por el debilitamiento del gobierno: “Nunca se derrochó tanto capital político en tan poco tiempo; la hemorragia política más grave que tuvo en su historia, tanto dentro como fuera del país, el gobierno de los Kirchner.”
Las primeras medidas de este gobierno ya anunciaban que la otrora solidez de la era K. se había esfumado. No sólo nunca hubo “luna de miel”. Cristina descendió dos puntos en febrero y en los primeros días de marzo, antes del golpe recibido, ya había bajado otros 7 puntos, según la consultora Poliarquía.
Es que no sólo esta crisis le trajo una fractura con un aliado poderoso como los agroexportadores. Le produjo una sensible pérdida de base social entre la clase media rural, sector que en octubre le sumó los votos claves en el interior para contrarrestar la paliza recibida en las grandes ciudades. En estas, se aumentó la ruptura con el gobierno. No sólo de los sectores medios que se expresaron. Sino de amplias franjas de trabajadores que sufren la inflación, la canasta por las nubes, los topes salariales, los presupuestos sociales de miseria y que vieron que la política del gobierno desencadenó una crisis que aumentó la inflación, los precios, estimuló el desabastecimiento y abrió una dinámica de suspensiones y despidos. Y que vieron que, así como el gobierno para imponer sus políticas demoniza a los trabajadores que luchan, reprime y habilita el accionar de patotas, esta vez actuó de la misma manera mandando Gendarmería, Prefectura y la patota de Moyano a los cortes y los grupos de choque de Pérsico y D´Elía contra los cacerolazos. Un desgaste tremendo que va a condicionar los planes a futuro.
El 24 de marzo, el gobierno volvió a fracasar en capitalizar para su molino ese día y no pudo evitar que la Plaza reviente nuevamente con un masivo acto de carácter opositor. Sus actos fueron débiles, contrastando con los miles de manifestantes que marcharon con la izquierda y el Encuentro Memoria Verdad y Justicia. Asimismo, pese a los esfuerzos de los dirigentes de la CTERA amigos del gobierno, el 4/4, aniversario del asesinato de Fuentealba, se va al paro contra la impunidad que avaló este gobierno.

Una Plaza para disimular el golpe político

En su reacomodamiento para fortalecerse, la presidenta convocó a la Plaza. Invirtiendo millones que les niegan a los de abajo, miles de micros trajeron ordenada y disciplinadamente al aparato de los barones del conurbano, intendentes y punteros, a las huestes de la burocracia sindical y a los piqueteros K. Con un cuidadoso reparto de parcelas en la Plaza para evitar que los jefes de las colectoras bonaerenses se pasen facturas entre ellos o entre los caciques sindicales y no termine todo en un bochorno. Poco o nada de pueblo. Sí algunos obsecuentes y cooptados que pugnaban por figurar junto a los desprestigiados funcionarios que, cual coro de bufones, le hicieron de comparsa a la presidenta. Muy lejos de las plazas peronistas de los tiempos de gloria. Muy parecida a la plaza de ese 25 de mayo kirchnerista del 2007 o a los actos que más que al 17 de octubre se parecen a los eventos del partido demócrata norteamericano. Cristina, mesurada, ya no habló del Pacto Social que le viene fracasando. Ahora llama al Gran acuerdo del Bicentenario. Tal vez una versión moldeada para el nuevo PJ, la “nueva” CGT con Moyano reelegido, las patronales y un premio consuelo para los obsecuentes de la CTA que, pese al cachetazo que les dio Cristina, estaban fieles en la Plaza. La presidenta llamó a “dejar atrás 200 años de fracasos” y se vanaglorió de ser junto a Néstor K. los artífices del crecimiento mayor… en 200 años!

Después de la tormenta


Luego de la paliza y con los ojos de los poderosos encima, la presidenta tiene que remontar la cuesta para retomar sus políticas de volver a un país “en serio”. Es evidente que está decidida a hacerlo, pero también que desde abajo le han puesto claros límites. Una cosa es lo que quiere y otra lo que puede. Cristina pretende imponer la impronta de un gobierno normal. Que se relaciona normalmente con el imperialismo, que garantiza las inversiones y que logra la paz social sacando de las calles y los conflictos a los revoltosos. En ese sentido es que enfrenta con dureza a los conflictos, apela a formas autoritarias de conducción, pretende hacer funcionar la institu-cionalidad. La tormenta económica internacional, le resta las ventajas que tuvo su marido. Y las expectativas que cimentaron el doble discurso de los tiempos de K no son las mismas. Mucho menos a partir de esta crisis. Para mantener el superávit que le piden desde afuera y para garantizar las ganancias de los de arriba, tiene que gobernar con mano firme. Y meterle la mano en el bolsillo ya no sólo a los trabajadores y sectores populares sino a la clase media del campo, las economías regionales y la ayuda social con la que calmaron en parte la efervescencia pos argentinazo. Todo ello va a empujar a que sigan los reclamos. Vamos a peleas duras. Y a caballo de ellas se gestarán condiciones favorables para que siga el desarrollo de nuevos fenómenos políticos y sociales, en el movimiento obrero y los sectores populares. Estas tres semanas han mostrado que la tarea no le será fácil.

Guillermo Pacagnini

No hay comentarios: